Adoración y esfuerzo perdido

Los fariseos adoraban a Dios, leían las Escrituras, pagaban diezmos, daban ofrendas, cantaban salmos, oraban, ayunaban y hacían buenas obras, pero Jesús dijo que su adoración era en vano, una pérdida de tiempo, esfuerzo y dinero. No es suficiente con ir a la iglesia, orar, diezmar, y hacer buenas obras para agradar a Dios. Las personas deben tener una motivación correcta para servir al Señor y ser sinceros al adorarle. Mateo 15:7-9 

7 Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: 8 Este pueblo de labios me honra; Mas su corazón está lejos de mí. 9 Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.

La distancia física que separa los labios del corazón es apenas de unos treinta centímetros. Lo triste de la religiosidad es que contribuye a que esta brecha se abra cada vez más, pues el ejercicio religioso se concentra siempre en las formas externas y visibles de la vida espiritual. La tendencia a reducir la vida a una serie de reglas revela cuán fuerte es en nosotros el deseo de controlar nuestro entorno. Creemos que con el cumplimiento puntilloso y mecánico de algunas normas podemos garantizar un desenlace favorable para nosotros, como si se tratara sencillamente de causas y efectos. Si prestamos atención a los diferentes momentos de nuestra vida espiritual, rápidamente podremos identificar situaciones donde la actividad está separada de la devoción interior. Pronunciamos oraciones que utilizan siempre las mismas frases o cantamos coros mientras la mente se concentra en alguna preocupación laboral o familiar.

Es demasiado sencillo desconectar el corazón como para que nos confiemos de que nuestras acciones son verdaderamente ejercicios espirituales. Es precisamente por el poco esfuerzo que demandan las formas externas que tan fácilmente apartamos el corazón de la práctica de la devoción. El apóstol Pablo señala un atractivo adicional a la religiosidad: «Tienen sin duda apariencia de sabiduría, con su afectada piedad, falsa humildad y severo trato del cuerpo, pero de nada sirven frente a los apetitos de la naturaleza pecaminosa.» (Colosenses 2:23).La mayoría de los asistentes eran conocedores de los elaborados rituales que observaban los fariseos para mantener su pureza en un mundo impuro. Los fariseos restringían seriamente el contacto con diferentes clases de personas que consideraban poco comprometidas o contaminadas. La entrada de un judío a sus casas, por ejemplo, solamente era posible si estaba dispuesto a someterse a una serie de rituales para quitar todas las «impurezas» que podía traer consigo.

No existía la posibilidad de que un fariseo entrara en la casa de un gentil, ni tampoco que le diera acceso a su propia casa, pues consideraban que los gentiles estaban más allá del alcance de los más estrictos rituales de purificación. Entre las observaciones que acompañaban la vida de los fariseos se encuentra la que generó la enseñanza de Cristo en este pasaje, el hábito de lavarse cuidadosamente las manos antes de comer. Esta práctica no buscaba como principal objetivo la higiene sino que era un principio esencialmente religioso. Los fariseos creían que en el acto de lavarse las manos removían de sus personas todas las impurezas que pudieran haber acumulado en el transcurso del día por haber estado en contacto con personas pecaminosas. Su indignación con los discípulos de Jesús fue porque esperaban que un grupo de personas que seguían a un maestro religioso observaran las mismas reglas que ellos. Como es usual en las enseñanzas de Jesús, fue directamente a la raíz del problema, que se vincula con la manera en que este grupo de personas veían el mundo. La perspectiva de estos religiosos era que la contaminación es algo que rodea a la persona, pues, según ellos, se encuentra en el mundo exterior a uno. La conclusión lógica de esta postura, entonces, es que la pureza solamente se logra cuando se reduce al mínimo el contacto con todo aquello que puede producir corrupción.

No podemos deshacernos del pecado por medio de ritos externos, porque está alojado en lo más íntimo de nuestro ser. Solamente la acción purificadora del Señor puede producir en nosotros la santidad que tanto anhelamos. Cuando el peso de nuestra propia inmundicia nos ofenda más que la de los demás, él vendrá a socorrernos.