Debemos servir al Señor con lo que somos

El apóstol Pablo testifica: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que él me concedió no fue infructuosa. Al contrario, he trabajado con más tesón que todos ellos, aunque no yo sino la gracia de Dios que está conmigo” (1 Co. 15:10). Es interesante recordar que estas palabras de profundo contenido personal, fueron compartidas por el apóstol a una congregación que ponía en cuestión su ministerio apostólico e incluso evaluaba negativamente sus motivaciones personales para su ministerio.

No obstante, notemos el carácter de Pablo a la luz de sus palabras. Pablo era bien consciente de su valor como persona y de su trabajo. Sus palabras no suenan a falsa modestia, sino como una manera adecuada de pensar acerca de sí mismo como ser humano. Pablo siempre habla, no de lo que él ha hecho sino de lo que Dios ha hecho en él y a través de él. Ahora, ¿Qué de nuestro carácter humano? Para muchos, el peor enemigo que confrontan en la vida es una baja autoestima. La mejor manera de mejorar la autoestima es reconocer que somos lo que somos por gracia de Dios y servir al Señor con lo que somos como seres humanos.

Debemos servir al Señor con lo que tenemos

Nuevamente Pablo nos da un poderoso testimonio de su condición humana, cuando dice: “Todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo” (Fil. 3:7–8). Pablo tenía muchas cosas en qué confiar en su condición humana. Su patrimonio humano era envidiable: en cuanto a su linaje, era hebreo nacido de padres hebreos; en cuanto a la ley había sido entrenado como fariseo; en cuanto a celo, había sido perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que la ley exige, era intachable (Fil. 3:4–6). Sus logros humanos eran notables: hablaba varios idiomas, era culto, pertenecía al Sanedrín, era rico, tenía influencias. Pero cuando se encontró con Cristo cambió su concepto de patrimonio y posibilidades humanas. Todo lo que antes él anotaba en la columna de su crédito personal, ahora lo ponía como débito y lo consideraba como algo inútil para él y fuera de su dominio. Las cosas que él había considerado como instrumentos para su gloria personal, ahora no le servían para ese fin. Lo que antes tenía para sí, ahora lo tenía para Cristo: “por él lo he perdido todo”. Al colocar lo que él tenía al servicio de Cristo descubrió el verdadero valor de las cosas humanas: no valen nada, son pérdida, son basura. Al entregar a Cristo todo lo que tenía, descubrió la verdadera utilidad de las cosas.

Debemos servir al Señor con lo que sentimos

Otra vez es Pablo quien nos ayuda a ubicar nuestra humanidad como siervos del Señor en el lugar que le corresponde. Dice él: “Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa” (Fil. 3:15–16, RVR). Los sentimientos humanos gozan de descrédito. Tienen fama de ser volátiles, superficiales, relativos, cambiantes y escasos. Para muchos, hablar de servir al Señor con nuestros sentimientos suena a algo superficial y poco serio. Para ser de valor los sentimientos humanos necesitan de un contexto. Según Pablo, se trata de los sentimientos de aquellos que “son perfectos”. El vocablo se aplica a algo crecido o desarrollado, en contraposición con algo no desarrollado. Por ejemplo, un adulto en contraposición con un adolescente. En este sentido, “perfecto” significa maduro de mente en oposición a alguien que es un inmaduro. Señala a alguien que conoce un tema en contraste con un neófito o aprendiz. Cuando se refiere a las ofrendas, significa sin contaminación y algo que es adecuado para ser ofrecido a Dios. Aplicado a los cristianos, señala a aquellas personas que son bautizadas y miembros plenos de la iglesia, a diferencia de los catecúmenos o nuevos creyentes. En épocas de persecución se aplicó a los mártires, perfeccionados por la espada o el tormento. El martirio era considerado la expresión máxima de testimonio y madurez cristianos. Los sentimientos de alguien que es “perfecto” en estos términos no pueden ser frágiles y volátiles como los sentimientos carnales. Pablo está diciendo: “Cualquiera que se haya graduado en la fe cristiana, cualquiera que haya madurado en la fe, y que sepa lo que es ser de Cristo, debe sentir lo mismo, y debe reconocer la disciplina, el esfuerzo y la agonía de la vida cristiana”.

Debemos servir al Señor con lo que pensamos

Otra vez, el apóstol nos da la clave para entender qué significa servir al Señor como seres humanos con lo que pensamos: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre, si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Fil 4:8, RVR). La mente humana siempre se va a enfocar en algo. Es imposible vivir con la mente en blanco. La mente humana siempre está ocupada por algún pensamiento. Cuando la mente está ocupada con un mismo pensamiento muchas veces y durante mucho tiempo, ese pensamiento nos esclaviza y controla. La diferencia no está entre pensar y no pensar, sino en qué pensamos. Como siervos del Señor somos mayordomos de nuestra mente. Ahora, si Cristo es el Señor de nuestra mente, ésta debe obedecerle. Debemos enfocar nuestra mente en las cosas que él quiere que pensemos. Debemos colocar nuestra mente al servicio de Cristo. Pablo dice en 2 Corintios 10:5: “Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que se someta a Cristo”.

Debemos servir al Señor con lo que hacemos

El apóstol Pablo nos amonesta: “Y todo lo que hagan, de palabra o de obra, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios el Padre por medio de él” (Col. 3:17). Un gran principio de vida es hacer todo en el nombre de Jesús. Una de las pruebas más efectivas para cualquier acción es: “¿Puedo hacerlo invocando el nombre de Jesús?” “¿Puedo hacerlo pidiéndole que me ayude?” Una de las maneras más efectivas de llevar a cabo cualquier acción es hacerlo en el nombre de Jesús. Pero, además, un gran objetivo en la vida es hacer todo para Jesús. Cada acción nuestra debe estar sinceramente orientada a servirlo a Cristo. Como dice Pablo: “Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo, conscientes de que el Señor los recompensará con la herencia. Ustedes sirven a Cristo el Señor” (Col. 3:23–24). Especialmente, así debe ser nuestro servicio al prójimo, según Jesús: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí” (Mt. 25:40). Todo nuestro ser le pertenece al Señor: espíritu, alma y cuerpo. Nuestra humanidad completa debe estar puesta a su servicio. Debemos servirle con todo nuestro ser: con lo que somos, con lo que tenemos, con lo que sentimos, con lo que pensamos y con lo que hacemos. “Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Ro. 12:1).