El primer amor

Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor. Apocalipsis 2:4

La carta que Juan le escribe al ángel de la iglesia de Éfeso no es, de ninguna manera, condenatoria. Se felicita a la iglesia por sus obras, que incluyen un arduo trabajo llevado a cabo con gran paciencia. Se había formado en ellos una loable intolerancia por el pecado. También esta congregación había enfrentado a los que se decían ser apóstoles y no lo eran, procediendo a su denuncia como falsos ministros del evangelio.

Los cristianos en Éfeso también habían soportado con paciencia las pruebas que les sobrevinieron como resultado de seguir a Cristo. En todo, escribe Juan, «has trabajado arduamente por amor de mi nombre y no has desmayado» (Apocalipsis 2:3).

En medio de esta serie de características tan meritorias, sin embargo, Juan inserta esta pequeña frase: «pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor». Sorpresivamente nos enteramos que a esta impresionante congregación le faltaba el ingrediente más importante: la pasión por Aquel a quien servimos. En esto, la iglesia refleja lo que sucede en la mayoría de las relaciones humanas. Consideremos, por ejemplo, el camino que recorren muchos matrimonios. Comienzan con una pasión y un enamoramiento que lleva a la relación al centro mismo de todos los pensamientos y las actividades de la pareja. No alcanzan las horas y los días para estar juntos, para disfrutar de la compañía del otro y descubrir los tesoros escondidos que puede brindar una relación profunda con otro ser humano. Con el pasar de los años, no obstante, la relación pierde sus expresiones apasionadas y cae en una vida de prolijas rutinas donde lo que prima es el acostumbramiento.

Por lo común que resulta esta experiencia nos sentiríamos tentados a creer que la iglesia no está haciendo más que reflejar el paso de los años. ¿Cómo se puede mantener viva la pasión después de veinte o treinta años? No obstante, el ángel llama a la iglesia a recordar de dónde ha caído y la exhorta a volver a las primeras obras. Es decir, le está pidiendo que vuelva a recuperar esa alocada manera de vivir que tenía cuando inició la relación con Cristo. La recuperación de esta pasión no es tan complicada como creemos. El ingrediente que más afecta la continuidad de una relación es la falta de tiempo. Preocupados y absorbidos por tantas actividades que forman parte de nuestra vida, la relación languidece porque simplemente no la atendemos. Estamos demasiado ocupados con otras cosas. Para mantener viva una relación, sin embargo, es indispensable que le dediquemos tiempo. Esta dedicación es el claro resultado de un compromiso con la otra persona, un compromiso que no conoce cláusulas de excepción. El romance y la pasión solamente se pueden mantener cuando insistimos en seguir celebrando a diario la relación que nos une. Lo hacemos con regalos, gestos de servicio, dedicación y abundantes expresiones de aprecio y gratitud hacia la otra persona.