La vision de Dios

“De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven”  Job 42:5

El libro de Job es el poema más antiguo que se conserva y nos presenta alguna de las enseñanzas más profundas de la revelación divina. Es un drama inspirado y su objetivo es doble: primero, mostrar los principios del gobierno moral de Dios en sus tratos con el hombre; segundo, mostrar lo inadecuado de la naturaleza humana para resistir las pruebas de la vida sin una comprensión espiritual profunda.

La figura principal del drama es un hombre que descuella en su generación con las cualidades más hermosas del carácter humano. Por testimonio divino era un buen hombre, el mejor de la tierra, que «temía a Dios y evitaba el mal». Sin duda, era siervo de Dios y podríamos llamarle hoy convertido. Pero no había pasado todavía por la experiencia profunda de la crucifixión propia que lleva al alma al conocimiento de la naturaleza divina y a la experiencia de la verdadera santificación. Dios permitió que este hombre sufriera pruebas severísimas. La primera parte del drama aparece en las preguntas y requisitorias de sus amigos y consejeros para intentar dilucidar las causas y explicaciones de su prueba peculiar.

Tres amigos le visitaron, tres eminentes filósofos y moralistas, que representaban la flor y nata de la sabiduría del mundo. Sus nombres eran un compendio del honor. La fuerza, la riqueza, la belleza y la sabiduría del mundo. Día tras día, a lo largo de los prolongados y penosos sufrimientos de Job, estuvieron sentados a su lado tratando en vano de instruirlo en los principios del gobierno divino y de mostrarle que tenía que ser culpable de alguna gran iniquidad; de otro modo, Dios no le habría afligido de aquella manera. Cada uno de ellos tuvo tres ocasiones para hablar y Job a su vez contestó a cada uno en cada ocasión. Pero cuando llegó al final, la luz sobre el caso no había aumentado un ápice. Job estaba por completo insatisfecho con su consuelo y sus exhortaciones y los despidió con sus sarcásticas palabras: «Consoladores molestos sois todos vosotros» (16:2)

Estos amigos representaban la mejor filosofía y sabiduría del mundo de entonces, pero demostraron una total incapacidad de la mente humana a pesar de sus esfuerzos para «hallar a Dios». La prueba demuestra también otro hecho y este hecho es el fracaso de Job. El buen hombre pronto se sintió quebrantado bajo la prolongada aflicción y empezó a justificarse a sí mismo y a proyectar sobre Dios la severidad y aún la injusticia de la pena. Luego aparece un cuarto personaje en escena, Eliú, cuyo nombre implica [relación directa con Dios como su siervo y mensajero]. Éste vino con un mensaje enteramente nuevo, a saber, la inspirada Palabra de Dios mismo. Habló dos veces y Job le respondió también, pero toda su profunda enseñanza espiritual cayó en vano sobre los oídos del atribulado Job. Era necesaria una influencia mayor, un toque divino, para que su corazón se rindiera y pudiera aprovechar la lección. Al final llegó la revelación directa de Dios mismo. Después de haber hablado todo y de que Job hubiera repetido sus quejas y sus justificaciones personales, Dios apareció de repente en escena en una visión sublime de poder y majestad y le habló en medio de un torbellino. El mensaje se presenta en dos secciones interrumpidas por una breve pausa y una expresión de sumisión ante la reprensión de Dios: 40:2-5. Luego Dios en su mensaje, que ocupa los dos capítulos siguientes, le presenta a Job su majestad y gloria en la creación natural, mencionando las fuerzas de la naturaleza, las estrellas en sus cursos, las leyes celestes, las nubes y los relámpagos para las necesidades de todos los seres vivos, los instintos de los pájaros, las poderosas criaturas que pueblan el mar y los bosques.

Y ante la visión desplegada de la magnificencia divina, este humillado penitente vio deshacerse todo su orgullo, su deseo de reivindicación se desvaneció y exclamó: Job 42:5-6. Éste fue el final de la crisis de la vida espiritual de Job. Ésta fue la muerte de su yo y el principio de la vida de Dios en él y a partir de este momento el curso de la historia cambia completamente: toda la experiencia de Job es transformada. En el momento en que se condenó a sí mismo, Dios empezó a justificarlo. En el momento en que se hundió en el polvo, Dios empezó a levantarlo. En el momento en que cesaron sus argumentos y su litigio con los amigos y empezó a orar por ellos, vio a sus amigos en actitud humilde ante él, pidiéndole perdón. Job oró por ellos y Jehová aceptó la oración de Job. A partir de aquel momento incluso sus circunstancias temporales cambiaron, terminó su tribulación y todo lo que se le había quitado le fue restaurado doblemente. A partir de aquel momento la vida fluyó en un nuevo plano de resurrección, de poder, de gloria y bendición.