Un mundo arruinado por el pecado

Dios creó al primer hombre y la primera mujer y los puso en un huerto lleno de deleites y de felicidad. Les entregó toda su creación para que la disfrutaran plenamente (Génesis 2:9, 16, 19–20). Entregó el uno al otro para que fueran compañeros y amantes (Génesis 2:20–25). Y, por encima de todo, les concedió su propia bendición y su favor.

Dios solamente les negó una cosa: les prohibió que comiesen la fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal. No necesitaban tener su propio conocimiento del bien y del mal. Dios quería que ellos confiaran en Él, que Él determinara lo que era bueno para ellos y lo que no lo era.

Comer esta fruta equivalía a decirle a Dios que ya no estaban dispuestos a permitirle elegir lo que era mejor para ellos; sería una declaración de independencia y de rebelión. Dios les advirtió de que desobedecerle y tomar la fruta conllevaría la muerte: la muerte de sus cuerpos y la destrucción eterna de sus almas (Génesis 2:17). En este texto no se nos dice que fuera Satanás quien habló a través de la serpiente, pero el Nuevo Testamento confirma que así fue (2 Corintios 11:3, 14; Apocalipsis 12:9). Su pregunta a Eva tenía la intención de retratar a Dios como alguien cruel e injusto (Génesis 3:1). Luego le contó que Dios les había mentido cuando les avisó que desobedecerle a Él les traería la muerte (3:4). Satanás les prometió: “Seréis como Dios” (5–6); su poder y su sabiduría se asemejarían tanto a los de Dios que ya no necesitarían obedecerle ni estarían obligados a ello. Eva tomó la fruta y la compartió con su esposo. No tenían motivo alguno para creer a la serpiente más que a Dios, que los había creado y dado tanta felicidad. ¡Fueron ingratos y rebeldes!

Satanás les prometió mucho, ¡pero pronto comprobaron que era un engañador! En el momento en que comieron la fruta se adueñó de ellos un fuerte sentimiento de culpabilidad, vergüenza y miedo: tuvieron vergüenza de su desnudez e hicieron prendas de hojas para cubrirse; tuvieron miedo de Dios e intentaron esconderse de Él (7–8). Satanás aún engaña a las personas haciéndolas creer que desobedecer a Dios conduce a la libertad y la satisfacción. ¡Los avisos de Dios son verdaderos! ¡El pecado solo conduce al tormento, la vergüenza y la destrucción eterna!