Una fe muerta

Aun en la iglesia primitiva había aquellos que creían tener la fe que salva, pero no eran salvos. Siempre que existe la verdadera, habrá también la falsa. Jesús advirtió: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). Los que tienen una fe muerta substituyen palabras por hechos. Conocen todas las expresiones de la oración y del testimonio, y aun pueden recitar versículos apropiados de la Biblia; pero su hablar y su andar no concuerdan. Se equivocan al pensar que palabras son tan buenas como obras. Santiago da una ilustración sencilla. Un creyente pobre vino a la congregación sin la ropa adecuada y hambriento. La persona de fe muerta vio al visitante y se dio cuenta de su necesidad, sin embargo, no se preocupó por ayudarlo. Todo lo que hizo fue decir unas cuantas palabras piadosas.

Id en paz, calentaos y saciaos” (2:16). Así el visitante salió tan hambriento y desnudo como llegó.

El alimento y el vestido son necesidades básicas de cada ser humano, ya sea salvo o incrédulo. “Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Timoteo 6:8). “No os afanéis, pues, diciendo: ¿qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas: pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas” (Mateo 6:31-32). Jacob incluyó estas necesidades básicas en su oración a Dios: “Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje en que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir…” (Génesis 28:20). Como creyentes, tenemos la obligación de ayudar al necesitado, sea quien sea. “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10). El ayudar a una persona necesitada es una expresión de amor, y la fe obra por el amor. El apóstol Juan pone énfasis en este aspecto de las buenas obras. “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:17-18). El sacerdote y el levita en la parábola del Buen Samaritano tenían una formación religiosa, pero ni el uno ni el otro se detuvo para ayudar al moribundo a la orilla del camino (Lucas 10:25-37). Ellos defenderían su fe, pero no demostraron esa fe por medio de buenas obras.

Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? (Santiago 2:14) ¿Qué clase? La clase de fe que nunca se muestra en obras prácticas. La respuesta es negativa. Cualquier profesión de fe que no se manifiesta en una vida nueva y en buenas obras es una profesión falsa. Semejante fe es muerta. “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (2:17). La persona con una fe muerta sólo ha tenido una experiencia intelectual. Su mente conoce la doctrina de la salvación, pero nunca ha entregado su corazón a Dios ni ha confiado en Jesucristo como su Salvador personal. Sabe el vocabulario correcto, pero sus hechos lo contradicen. La fe en Cristo trae vida, y donde hay vida hay crecimiento y fruto. Tres veces en este párrafo, Santiago, nos advierte que “la fe, si no tiene obras, está muerta” (2:17, 20, 26). Hay que tener mucho cuidado con una mera fe intelectual. Nadie puede acercarse a Cristo por fe y permanecer como antes; como tampoco permanece sin cambio la persona que hiciera contacto con una descarga eléctrica de 220 voltios. La fe muerta no salva. La fe muerta es una fe falsa y hace que las personas confíen en una falsa esperanza de salvación.